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editorial

Educación e identidad            
Rubén Fontana

Como gran posibilitadora de la comunicación, la tipografía permite reflexionar no sólo sobre la forma de la letra sino también, aunque con una demora de quinientos años, acerca de las vicisitudes de la memoria cultural de los pueblos de América. El proceso de apertura del diseño de fuentes tipográficas nos está obligando a prestar atención a los sonidos que particularizan nuestra habla.

La identidad es un hecho cultural que implica, en esencia, la valuación y consideración de la historia, la cultura y la geografía singular de cada pueblo, entre muchos otros factores. Sin la intervención de estas variables, es impensable el análisis de la comunicación. En el caso de Latinoamérica, una misma lengua madre se manifiesta en decenas y decenas de matices distintivos, sonoros y expresivos, que permiten identificar, que nos «hablan» de orígenes diversos.

No corresponde tomar como único parámetro de fusión a la cultura española o, más ampliamente, a la europea. La colonización impuso, entre otras, la creencia en un destino ligado por el idioma y las costumbres a la cultura de la «España madre»; pero antes de la llegada de los españoles al continente, las diversidades étnicas e idiomáticas de estos parajes ya se estaban fusionando e influyendo mutuamente. Las lenguas se observaban entre sí, los grandes imperios precolombinos hacían su propia metamorfosis y, en un singular aprendizaje cultural, adoptaban aquellas lenguas vecinas que mejor se adaptaran a la necesidad cada vez mayor de hacer correr las ideas por tan vastos territorios.

En ese proceso de selección natural, interrumpido abruptamente por la conquista, algunos sonidos se perdieron para siempre y otros vencieron al tiempo, matizando nuestra habla con términos, acentos, modismos. Hoy esa singularidad podría traspasar el estadio del sonido para incorporarse a los modos de lectura y escritura, al uso cotidiano como otra forma de legitimar su existencia particular.

En esta explosión de diseño e investigación de la tipografía latinoamericana existe una potencia propia, con aura de asignatura pendiente, que es necesario comprender. Se trata de que las letras, además de reconstruir los códigos culturales que las tornan atemporales, recorran caminos también necesariamente particulares. Estudiar esa complejidad, que a partir de los mismos códigos de representación se materializa divergente, descubrir los métodos, es el desafío más inquietante del momento.

Parece ser que el principio del recorrido debe ir más allá de la reiteración histórica; Latinoamérica tiene la posibilidad de profundizar en la incorporación de los distintos conocimientos; obviamente los formales, pero también los que les dan origen, y aquí es donde, una vez más, la educación y la cultura comparten un mismo sendero.