Extracto de nota
|
Una palabra que cae en el océano de significado forma ondas concéntricas. Definir una sola palabra significa intentar atrapar esas ondas. No existe una mano lo bastante rápida para lograrlo. Ahora dejemos caer dos o tres palabras juntas. Se forman modelos de interferencia que se refuerzan a sí mismos por aquí y se cancelan recíprocamente más allá. Captar el sentido de las palabras no significa captar las ondas que producen, sino su interacción. Éste es el sentido de escuchar; esto es lo que significa leer. Es algo increíblemente complejo que, sin embargo, los seres humanos hacen a diario; muchas veces son capaces de reír y llorar a la vez. En comparación, escribir es absolutamente sencillo, o por lo menos así parece hasta que se lo intenta. Escribir es la forma sólida, el sedimento del lenguaje. El habla emana de nuestras bocas, manos y ojos en forma casi líquida y luego se evapora de inmediato. Pienso que esto es parte de un ciclo natural: una de las maneras en las que el tiempo se desarrolla sobre el océano del significado. ¿Qué otra cosa son las palabras que dejamos caer como piedras en ese océano sino pequeñas gotas de condensación de habla evaporada, pedacitos reciclados de ese mismo océano de significado? Sin embargo, el lenguaje también puede solidificarse y convertirse en cristales iridiscentes, afilados y simétricos, o en estructuras más parecidas al granizo o al lodo. En forma sólida y líquida, los significados que se entrecruzan pueden reforzarse o cancelarse mutuamente. Para trasladar la metáfora a tierra firme, podemos decir que la escritura es un lenguaje que se ha desplazado desde el modo gestual o habla inmediata hasta el modo de recuerdo. Es una sobra, pero de un tipo que algunas personas valoran tanto como una comida original o un ingrediente determinado. ¿Qué es el lenguaje? Es lo que nos habla y aquello que nosotros hablamos. A través de nuestras neuronas, genes y gestos, suposiciones compartidas y excentricidades personales, cada día recibimos y hablamos muchos lenguajes, y a partir de ellos interactuamos con nosotros mismos, con los demás, con otras especies y con los objetos naturales, o aquellos producidos por el hombre, que habitan nuestro mundo. Ni en el silencio podemos escapar del todo al mundo de los símbolos, de la gramática y de los signos. Como otros seres vivos, los humanos estamos muy ensimismados. Con frecuencia insistimos en que el lenguaje nos pertenece en forma exclusiva y muchos, dogmáticamente, consideramos que el único lenguaje que importa es el humano. Y afirmamos que la única clase de lenguaje humano, o la única que tiene importancia, es la que brota de nuestra boca. Los lenguajes de la música y de la matemática, el lenguaje gestual de los sordos, el llamado de la rana leopardo y de las ballenas, el ritual de apareamiento de la grulla canadiense y los mensajes químicos que van y vienen todo el día y la noche en el cerebro son apenas algunas evidencias de que el lenguaje es en realidad parte de la fibra de la vida. Sólo resulta posible pensar en él porque la licencia para hacerlo está impresa químicamente en nuestra genética. […] Más información en página 28, tipoGráfica 60
|
![]() ![]()
|