acerca del cierre: prensa

Un adiós con buena letra

Por Carolina Muzi
(Suplemento de Arquitectura, diario Clarín, 16 de enero, 2007)

La revista tipoGráfica, fundada por Rubén Fontana hace veinte años, salió por última vez. Referente editorial indiscutido del diseño y la tipografía, tpG deja un hueco difícil de llenar.

Sigilosa, como fue, se acaba de ir tipoGráfica (tpG), una de las contadísimas sino la única revista de tipografía y diseño gráfico en español. Un bastión. Y no solamente temático, sino también de las cosas hechas con seriedad y compromiso totales, sobriamente ajena a toda lógica de mercado.

Así, la noticia de su cierre, que llegó cuando los balances de fin de diciembre apuran cierta melancolía, generó una pena... especial. Y esto posiblemente abarque no sólo a sus lectores más fieles sino a todos aquellos quienes, aún sin recibirla o comprarla puntualmente, sabían que existía, que estaba, que seguía.

Porque tpG es un referente. Lo es (sí, en presente) para todo el mundo del diseño y la actividad proyectual en general. Y ya se sabe qué pasa cuando un referente se va: queda un hueco, hasta que sucede el pasaje a ese otro estadío de lo referencial que es el ingreso a la historia. tpG, en cambio, ya había entrado a la historia por su propio devenir. Un camino que, como diría Rubén Fontana, su mentor, “es re simple”.

Allá por el 86, los alumnos de la FADU terminaban de cursar y él mismo sentía que no había habido tiempo para conversar con ellos, que era mezquino dejarlos ir así, sin compartir temas, reflexiones, información... Jamás había tenido el Fontana una publicación ni nada que se le acercara. Pero sí sentía con mucha fuerza esa necesidad de seguir hablando de diseño. Entonces, “de audaz, de inconciente”, se puso a hacerla creyendo que se podría arreglar y hasta venderla.

El rol que ocupó tpG desde su primer número de 1987 fue el de complemento a la formación académica, una suerte de foro extracurricular necesario para hacer crecer la disciplina. Con alta concentración de tipografía, la revista cubrió, desde lo técnico hasta lo político-ideológico una amplísima variedad de temas, enfoques y actores del diseño, siempre con calidad de edición y contenidos. Haber logrado que los más altos referentes de la comunicación visual internacional fueran los autores de sus notas, le dio a tpG carácter de gesta. El barrido fue tan amplio, que no serviría acotarlo a dos extremos como Otl Aicher y David Carson.

A través de aquel artículo excelente de Gérard Paris Clavel, “El diseño social”, en 1997, o del dedicado a los franceses Grapus, del texto de Félix Arnold sobre cartografía y tipografía o de la reseña de Pablo Cosgaya sobre tipografía argentina ... entre tantísimas notas memorables, tpGenseñó.

El tiempo le demostró a Fontana que no sería tan fácil venderla. Amagó con cerrarla pero, tozudo, pasó de la publicación bimestral a tres números anuales sin buscar publicidad: temía que lo condicionara y quería ser libre. Con esta visión del no negocio, fomentó el trabajo de su estudio de comunicación visual para que éste financiara el lujo de hacer una revista lo mejor que supieran. “Fui el primer beneficiario porque pude leer los artículos 2 y 3 veces”, dice.

Ni falta haría decir que fue una revista muy cuidada. Para el equipo que la hacía, uno de los mayores elogios era que le dijeran lo buena que resultaba la traducción, un punto generalmente débil en las revistas temáticas. O que no hubiera necesidad de fe de erratas alguna.

La densidad de tpG no auspiciaba que la publicación se leyera de un tirón, sino de a tramos. Y se guardara. Pudo ser de colección porque es bibliografía de la mejor. Fue, además, la primera revista argentina con curador. Quien ofició como tal desde que se fundara hasta que murió, en 1994, fue el representante local del surrealismo, el poeta, impresor, tipógrafo y traductor Juan Andralis. Y de su naturaleza educadora, conectora de saberes, se nutrió bien el espíritu tpG.

Desde que se anunció el cierre, una cantidad increíble de mensajes llegó a su redacción, casi la mitad de los 2.300 ejemplares que tiraba la revista. Dos de esos mensajes conmovieron especialmente al equipo de tpG: de los primeros en llegar, venían del extranjero y ofrecían, si el cierre era por motivos económicos, aportar fondos para que siguiera.

Lástima, una vez más el reconocimiento llega, antes y con más compromiso, desde afuera. Algunos verán en la mayor fuerza de tpG (la seriedad académica, la no tentación de caer en temas banales) la debilidad que le impidió seguir. Otros, en cambio, lo destacarán como una feliz coherencia.

Fontana, en tanto, insiste con lo del ciclo cumplido y con un contexto puntual hoy tan diferente al de 1987, cuando no había nada, pero nada, del tema en español.

Así, tpG se retira, elegante, con la satisfacción del deber cumplido y un mensaje que, ¿estratégicamente?, imprimió letra a letra y lomo a lomo, en los últimos 15 números. Ubicados de modo vertical en la biblioteca, a través de éstos se puede leer una despedida en positivo: “Ahora, letra nueva”.